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lunes, 12 de junio de 2017

Fuerte marejada.

Salí, como cada mañana, olisqueando el rocío sobre las hojas de los tréboles, trataba en vano de encontrar alguna raspa de sardina que llevarme a la panza. Comenzó a chispear y unas minúsculas gotitas de agua se adhirieron al pelo negrísimo de mi lomo. En el horizonte fácilmente distinguía nubarrones gigantes que amenazaban tormenta, los bigotes se me erizaban nada más verlos. Pensé que había que apresurarse para buscar cobijo, olvidando por hoy mi andar parsimonioso y elegante. La lluvia se hizo presente, al principio tímida y reservada, después desvergonzada y descarada. Mis ojos verdes brillantes se abrieron a una sinfonía de centellas y truenos, el barro me cubría las pezuñas y de nada servían mis maullidos desesperados. El campo ya era lago, me agarré a un tronco de espino encomendándome a la Divina Providencia. Estaba rodeado de cervatillos y ardillas, conejos y liebres, gallos, gorriones, y de un sinfín de animales que a duras penas nadaban mientras a lo lejos un viejo barbudo, apoyado en la escotilla de una descomunal embarcación de madera de ciprés, los iba rescatando mientras decía con una gran sonrisa de satisfacción:
- Soy Noé, bienvenidos al Arca. 

🐱

viernes, 25 de noviembre de 2016

Tierra de Hombres.

Despuntaba el alba cuando padre ya estaba en las tierras del monasterio, en el hatillo llevaba un mendrugo de pan seco y un trozo de queso de cabra, calzaba unas alpargatas de esparto y vestía jubón de saco. Su expresión era grave, la misma que siempre he visto en todos los hombres de mi aldea, con las manos ajadas y agradecimiento en la mirada por ver clarear el nuevo día.
Yo, Sebastián, era un mozo de trece años aunque madre todavía me pelaba a tazón y me persignaba a diario con agua bendita. Aquella mañana calurosa de final del verano ya había limpiado el gallinero, cogí un cesto de huevos y un tarro de miel y me encaminé hacia donde estaba padre. Dejé atrás el horno, de reojo pude ver como las mujeres amasaban el pan, al llegar a la bodega excavada en la tierra pude avistar el relieve suave y redondeado de la Sierra de la Culebra, un manto infinito de pinos y brezos se extendía delante de mis ojos, a lo lejos se divisaban las siluetas majestuosas de las águilas con las alas extendidas. Me llegaba el olor a retama, tomillo y mejorana, de las crestas de la sierra bajaban penetrantes los aullidos de los lobos. Pasé al lado de un corral de ovejas, los muros y la techumbre de urces y zarzas le daban cobijo y protección.
Arrodillado oré por unos momentos al llegar al crucero que daba paso a las tierras del monasterio, delante de mí se extendían fanegas y fanegas de la mejor tierra de labranza, delimitada por cincones de piedra de la que eran vigía los dos campanarios de la torre de San Salvador.
-¡Sebastián, coge un puñado de higos, no derrames su leche que me la ha pedido el prior!
No entendía por qué teníamos que llevar al monasterio todo lo mejor de nuestra casa y gran parte de nuestros cultivos pero así lo hice. Padre araba a lo lejos la tierra que en otoño sembrará de trigo, casi fuera de mi vista pastaba el ganado. Cogí también un canasto de berenjenas, eran de color morado brillante, se sembraban todos los años desde que mi abuelo trajera sus semillas de tierra de moros.
Sobre el vano de entrada al monasterio había un crismón que siempre me asustaba al mirarlo, tenía unas letras entrelazadas y un hombre postrado bajo las garras de una fiera.
-Sebastián -me dijo el prior en tono displicente- Padre, Hijo y Espíritu Santo son un mismo y único Señor y hemos de venir suplicantes, desechando los placeres venenosos, limpiando el corazón de pecados para no morir de una segunda muerte. Corre, sube al escritorio y llévale la miel y los higos a fray Emeterio que los necesita para sus mezclas de colores.
Asustado por las palabras del prior corrí por las escaleras arriba mientras padre llevaba al refectorio todos los capachos que trajimos. Abrí la portezuela del escritorio y vi a fray Emeterio y a la monja Eude pintando con exquisito primor la miniatura de un ángel trompetero sobre un pergamino, los colores eran muy alegres, amarillo, verde y rojo, todo el conjunto desprendía una cálida luminosidad.
-Sebastián, recojamos la leche de los higos en este cuenco, me servirá después para aglutinar los colores y seguir trabajando en el códice.
Mientras le ayudaba pensé que padre me estaría esperando en el claustro para volver a casa. Todo me parecía misterioso en el monasterio, bajé rápido por las escaleras, padre aguardaba paciente mi llegada.
-Vámonos Sebastián, madre ya tendrá hirviendo el potaje. ¿Tienes hambre?
-¡Sí padre, mucha!
Beato de Tábara. La Tercera Trompeta.

La Torre de S. Salvador de Tábara.




miércoles, 30 de diciembre de 2015

El Sr. Lobo.


El suave aullido me asustó nuevamente. ¡Otra vez no, pensé inquieto! Salí de casa para afianzar la puerta con gruesos troncos de madera y no pude evitar una mirada de reojo a las casas de mis hermanos, de las que no quedaba ni brizna de paja, la de uno, ni madera, la del otro. Jugaban despreocupados en el bosque, dando un fuerte silbido les llamé con todas mis fuerzas y juntos entramos en mi casa de ladrillos. Apurando la poca cobertura del móvil llamé a la compañía de seguros para comunicar los daños causados por el lobo fiero.
-Tranquilo, tomamos nota del siniestro, en breve nos pondremos en contacto con usted.
Temerosos nos sentamos al calor de la chimenea y, de pronto, con gran estruendo como si de Papá Noel se tratara apareció un hombre sacudiéndose los restos del puchero del traje y la cartera. Recompuso el gesto y con la mejor y la más sincera de sus sonrisas se dirigió a nosotros.
-Buenos días, disculpen que haya entrado por la chimenea pero es que estaba la puerta bloqueada. Soy el Sr. Lobo, el perito del seguro. ¿Ustedes son, son…?
-Los tres cerditos, respondimos al unísono.



domingo, 12 de julio de 2015

Mares lejanos.


Cada noche al ir a acostar a mi hijo sacaba del viejo baúl de encina el mosquetón y la careta de pirata, consciente de que si no lo hacía me esperaba un rato de lamentos y riñas cariñosas. Con tan atrevido atuendo le conté entusiasmado que me había enrolado en un barco bucanero sediento de aventura, y dispuesto a encontrar todos los tesoros que el viejo y malvado Morgan escondiera hace años en la Isla del caimán amarillo.
-¿Papá, papá, y le hiciste un seguro al barco?
-¡Claro! ¿Tú sabes los riesgos que corre un barco de ese tipo? El viento huracanado puede romper las velas, la punta de un iceberg destrozar la proa, los cañones de barcos enemigos abrir fuego y provocar un incendio. La prevención en alta mar es fundamental.

La fusión entre el relato y la ilusión de mi pequeño, me provocaron una nueva mirada hacia el mundo asegurador al que llevo unido tantos años, saber la enorme importancia de resguardar bienes y garantizar la alegría y la sonrisa de quienes un día también zarparán rumbo a mares lejanos.


Finalista en la IX convocatoria del Concurso de Microrrelatos de la Red Cumes. Fundación MAPFRE.

martes, 21 de abril de 2015

El Ángel Caído.

La noche se rompió en diminutas gotas de claridad, abrí los ojos con la luz aún tibia, me arrullaba una brisa tenue y caían en deliciosos bucles las hojas del guayacán sembrando de amarillo la tierra bendita de Mangahurco. Los rayos de sol abrasaban en Guizeh, la tolvanera silbaba secretos escondidos que nunca revelé. En Dresden vi extraños pájaros de fuego escupiendo sin piedad y nada hice. Lejos, una muchacha de piel muy blanca amamantaba a su hijo y elevamos sueños de prosperidad. Al séptimo día, con un suave batir de alas me posé en la rama púrpura de un abeto, y oculté mi cabeza para siempre.