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sábado, 6 de abril de 2013

Ángel Olgoso. Las frutas de la luna.

“La naturaleza colocó a las estrellas en el cielo, llenando sus lámparas con inacabable aceite para que den luz al viajero perdido y solitario”.

 Milton.

Foto de Flavio Sevilla



Aquella tarde de marzo en la presentación del nuevo libro de Ángel Olgoso “Las frutas de la luna”, asistí a una fiesta de la Literatura. La sinceridad de los testimonios de los participantes, el afecto y la admiración que muchos profesamos a Ángel, citas a autores como Chejov, Borges, Azorín…, caras de sorpresa, sonrisas sin malicia, lecturas en italiano y la declamación de un nuevo juglar que nos dejó atónitos. Tal cúmulo de sensaciones condensadas en tan poco tiempo, inevitablemente te hace pensar que estamos ante un hombre especial, que desde su sencillez y humildad personal ha construido todo un mundo riquísimo que ha plasmado en este libro con la serenidad de un viejo faro. Un hombre fiel a sí mismo, honesto y trabajador con una vocación muy clara a la que día a día se dedica sin ruido. Salí de aquella presentación con ese estado que en psicología se denomina “de flujo”.

El autor granadino ha bebido de muchas fuentes, literatura oriental, hindú, americana, española que unido a su imaginación inagotable y a un vocabulario excelso le confieren un dominio magistral del relato. Con la precisión de un relojero va engarzando cada rueda dentada hasta conseguir que el mecanismo de la narración funcione en la mente del lector dejándole un regusto de expectación, asombro, tristeza, esperanza, resignación.
Los veinte relatos que componen “Las frutas de la luna” engendran un racimo de uvas tiernas, jugosas, dulces y amargas a la vez que dejan un sabor a calles angostas de Galicia, cerveza somnífera nórdica, caldo caliente de velatorio, a arroz de preso. De los veinte relatos yo destacaría tres que me han gustado especialmente, que me han llegado más profundamente, son “Suero”, “El síndrome de Lugrís” y “Perlas de Indra”.

“Suero” es un relato absolutamente magistral. A través del hilo conductor de las gotas de suero que se deslizan sin remedio hacia las venas, el autor trenza una historia de tres generaciones: A (madre), B (hija) y C (nieta). A pesar de lo despersonalizado de los nombres de las tres mujeres, la historia es un compendio de absoluta humanidad. El relato alcanza cotas sublimes de lirismo:

A, harinada aún de sueños de jovencita y de blancura de ajuar…

La sensibilidad del escritor se muestra aquí de una forma palmaria. Las tres protagonistas construyen una historia femenina donde la alegría de los nacimientos, la preocupación y desasosiego de la enfermedad y el dolor de la muerte son hiladas a través de esas gotas de suero. En unas pocas páginas, el escritor da una lección de vida con mayúsculas, la alegría de una madre al dar a luz, la congoja de una hija al ver a su madre enferma, la rueda que vuelve girar con el nacimiento de la nieta, la madurez y el desamor. Y esas gotas de suero que impasibles asisten como silenciosas espectadoras a ese lento transcurrir hacia la vida y hacia la muerte.

“El síndrome de Lugrís” es el relato más extenso de “Las frutas de la luna”. Según nos reveló el autor en la presentación del libro, tardó ocho meses en escribirlo, describiendo un síndrome nuevo o desconocido hasta la fecha y que dejo que el propio lector descubra deslizándose por sus páginas. Sí me quiero centrar en la maestría que rebosa este relato, como Olgoso traza a la perfección ese camino que hay hacia el abismo de la locura, dejando en la cuneta lazos familiares, recuerdos y olvidos. Profundamente gallego, nos traslada a esa tierra a través de citas, calles, monumentos, comidas, pazos, gentes. Tiene la rara virtud de empaparte en Galicia, las calles que transitan los personajes las estás andando tú al mismo tiempo. Sobre todo, el autor hace un canto a la amistad, a la relación acrisolada de los protagonistas a lo largo de muchos años. La entrega al amigo preso de la locura, el tesón y la capacidad de empatía son las señas que engrandecen esta historia; saber que hay alguien que trata de evitar el descenso al infierno y tiende su mano afable y desinteresada:

Pero el ser humano siempre teje esperanzas hasta el último momento.

“Perlas de Indra” nos sumerge en el mar de la inocencia perdida de una niña de nueve años a través de uno de los hechos más atroces que puedan suceder. Sin embargo está narrado de una forma bellísima, pura poesía. No hay rencor, ni odio, hay compasión y un trascender el pasado de silencio y oscuridad, saltando por las finísimas cuerdas de seda que mantiene unido al mundo:

Bela jai. El tiempo pasa.




(Obra galardonada con el XX  Premio Andalucía de la Crítica de Relato).




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