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sábado, 29 de junio de 2013

José Mª. Rodríguez-Acosta. Trilogía de desnudos.


En una ciudad desangrada por la Guerra Civil, la ruina y la miseria es posible encontrar un pequeño oasis donde se creen unos de los cuadros más bellos del s. XX. José Mª. Rodríguez-Acosta dejó atrás paisajes, costumbrismo y retratos para acometer una trilogía de desnudos inconmensurable: “Desnudo tendido”, “Desnudo con bola de cristal” y “La noche”. Encerrado en su estudio afloró todo su enorme caudal artístico y sus conocimientos de años de oficio para legarnos tres obras que ejemplifican su magisterio.

Había hecho numerosos bocetos para los tres cuadros lo que le llevó a definir claramente el resultado final. Una de las primeras sensaciones que transmite es lo estudiado del trazo, reforzada por la utilización de una técnica recuperada de la tradición clásica basada en la definición de planos, superficies acabadas y dibujo sin titubeos, creando así unas figuras de contornos definidos que acaparan la total atención al contrastar con fondos neutros. La figura así se convierte en la auténtica protagonista.

De “Desnudo tendido” hay que resaltar la luminosidad de la figura, la belleza del brazo y de la mano apoyando el dedo corazón en la barbilla, el color encendido de las mejillas, la sensualidad que invitan al observador a buscar mensajes ocultos, vinculado a las corrientes simbolistas de la época.
Especial mención merece “Desnudo con bola de cristal”, las tonalidades sombrías del fondo focalizan la atención por completo en una mujer de rodillas apoyada en una gran bola de cristal, la figura femenina se refleja en la superficie sobre la que se apoya y en la bola de cristal. La perfección y elegancia de la mano derecha cubriendo parte del rostro, dejando de nuevo una mejilla encarnada nos deja una sensación de subyugación sensorial. La figura está a medio camino entre mujer y sirena, todas las interpretaciones son válidas ante esta obra maestra.



“La Noche” es la última obra de la trilogía, permanece inacabada en el estudio del pintor. Hay algo que anuncia la muerte, quizá la posición de la cabeza de la mujer, los contrastes lumínicos muy acusados en piernas, costado, rostro y brazos, una solitaria flor.


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domingo, 23 de junio de 2013

Christian M. Walter. Tinta plana.


La Casa Molino Ángel Ganivet acoge la interesantísima exposición del serigrafista Christian Mathias Walter. Esta muestra la componen medio centenar de obras de treinta autores, Soledad Sevilla, Valentín Albadíaz, Miguel Rodríguez Acosta o Rosa Brun entre otros, hechas en su taller de Vegas del Genil.

Una tinta plana es un color directo que a diferencia de la cuatricromía no va mezclado mediante tramas de los cuatro colores básicos: cian, magenta, amarillo y negro. Mediante esta técnica Christian M. Walter ha ido trabajando durante los últimos veinticinco años, experimentando con nuevos soportes y realizando una labor de artesano que ahora podemos disfrutar en esta exposición.

Hacemos un recorrido desde la estampación más sencilla, una sola tinta acromática, negro sobre papel blanco, hasta una de las técnicas más novedosas, la “serigrafía al fresco” en la que la obra va cambiando de tonalidad con el transcurso del tiempo. Vemos también la obra de Enrique Brinkmann serigrafiada sobre metacrilato o la de Juan Vida sobre cartón. Quiero destacar “Montaña mágica” de Soledad Sevilla, autora por la que siento una profunda admiración y que aquí, a través de líneas onduladas paralelas logra trasmitir belleza y sorpresa al mismo tiempo, haciendo de lo sencillo un alarde de maestría.



 

viernes, 7 de junio de 2013

Manuela Mora. Albaicín.


Fui a la exposición “Albaicín” de Manuela Mora en la Sala de Exposiciones Zaida el día de su inauguración, me prometí volver a ir otro día para observarla más detenidamente. Y eso hice ayer, fue una decisión acertada, desde luego, porque la propia autora estaba allí, la conocí y estuvimos hablando sobre sus cuadros. Manuela es una persona abierta y simpática. Estas características personales sin duda se transmiten a su obra. Dotada de un lenguaje pictórico personalísimo, insinúa edificaciones con trazos a lápiz, con estudiadas manchas de color deja que el espectador imagine e interprete. Establece un diálogo de tú a tú, y la persona que ve sus obras tiene mucho que decir. Experimenta con nuevas formas, desafía la ley de la gravedad e inclina las edificaciones, desafía el color real de la naturaleza y sorprende con colores inusitados. El color es el gran protagonista en esta exposición, sobre todo en las diez obras de técnica mixta, hay un riguroso estudio del mismo, combina muy bien los básicos y complementarios, hay incluso monográficos de colores fríos como en “Barrio Alto” y “Gama de Sensaciones I”. Incluso a través del color es capaz de transmitir al espectador el estado de ánimo que tenía en ese momento.

La exposición contiene quince acuarelas, tres de gran formato y doce de pequeñas dimensiones. Muestra aquí su capacidad de investigar con nuevas técnicas -hasta ahora no había trabajado la acuarela- y consigue resultados óptimos. A pesar de ser la acuarela una técnica difícil, donde todo ha de ir estudiado, muy pensado, Manuela Mora crea nuevos escenarios investigando con el papel, la pincelada, la extensión del color; consigue resultados sorprendentes como en “Calle Molinillo” donde los escalones de la calle parecen hechos de burbujas, o como en “Calle San Luis” donde hábilmente dirige la mirada del espectador a la esbelta torre de la iglesia de S. Luis.

Hay muchas horas de investigación, ganas de abrir nuevos caminos, visión personal y fundamentalmente trabajo. Espero ver pronto una nueva exposición con técnicas nuevas y que me produzca la misma sensación gratificante.