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sábado, 7 de diciembre de 2013

Controversia Comunitarismo-Universalismo en Ch. Taylor y J. Habermas. Aportaciones al debate de W. Kymlicka, por Pedro Fernández Fernández.


Pedro Fernández Fernández, amigo, filósofo y colaborador de MetaArs, nos hace un extracto de su obra. En el enlace final podéis consultar el texto completo.


 
            Los fenómenos identitarios (étnicos, culturales, etc.) constituyen, ya sea acertada o equivocadamente, un aspecto importante de la realidad sociopolítica actual y se enmarcan, a su vez, en un fenómeno más amplio: la crisis de la modernidad.
            A lo largo del siglo XX, aunque ya había precedentes (por ejemplo, la crítica de Nietzsche a la cultura occidental), se produce una falta de confianza en los resultados de la modernidad que lleva a una crisis. Entre otras alternativas (por ejemplo, la postmodernidad o el neoconservadurismo) surgen: por un lado, el comunitarismo, que representa una opción más bien rupturista respecto a la modernidad; y por otro lado, los representantes de la ética de la acción comunicativa (J. Habermas) o de la ética del discurso (K.O. Apel), también llamados “universalistas”, y los defensores de un liberalismo clásico actualizado (J. Rawls), que representan una opción reformadora. La disputa entre estas alternativas lleva a plantearnos la primacía entre dos tipos de derecho: el derecho a la autonomía personal, que considero fundamental, y el derecho colectivo de la comunidad.        
            Como señala Pilar González Altable en su artículo “Liberalismo vs. comunitarismo (John Rawls: Una concepción política del bien)”, dentro del comunitarismo hay planteamientos distintos (no se trata de una corriente homogénea de pensamiento) como los contramodernos de A. MacIntyre, M. J. Sandel y R. Bellah, y planteamientos que no quieren renunciar a algunas marcas políticas de la modernidad como los de Ch. Taylor y M. Walzer. Todos ellos comparten determinadas premisas como la prioridad de las nociones de bien sobre los acuerdos de justicia, la crítica al yo neutro del pensamiento atomista liberal y, en consecuencia, la inevitabilidad de los determinantes contextuales e históricos (valores comunitarios o tradiciones). No obstante, hay matices que los diferencian. Los contramodernos defienden posturas conservadoras y neoaristotélicas, mientras que Ch. Taylor y M. Walzer sostienen planteamientos neohegelianos y “renovadores” de la modernidad.
            En este trabajo me propongo considerar, en primer lugar, la controversia entre Taylor y Habermas, ya que ejemplifica de forma relevante las posturas filosóficas que subyacen y dan argumentos a las tendencias que se dan en la realidad sociopolítica sobre el tema del reconocimiento político de las minorías. Para ello utilizaré los textos más importantes de estos filósofos sobre el tema.
            En segundo lugar, trato las limitaciones del comunitarismo a través de diversos artículos que, en mi opinión, realizan aportaciones importantes desde distintos puntos de vista. 
En tercer lugar, consideraré las aportaciones al debate de un filósofo bastante influyente: Will Kymlicka. En mi opinión, este filósofo se sitúa dentro de un comunitarismo más moderado y sutil, y en su libro Ciudadanía multicultural intenta justificar que en los principios básicos del liberalismo está el germen de los derechos diferenciales de grupo. Analizaré qué grado de coherencia tiene su postura.
Finalmente realizo una aproximación al tema del federalismo y al derecho de autodeterminación. Se trata de dos ejemplos de cómo el debate filosófico que manejo tiene reflejo en la realidad socio-política y de cómo se plasman en ella las limitaciones del multiculturalismo comunitarista. Así, en el debate entre comunitaristas y liberales el federalismo ocupa un lugar importante (también el derecho de autodeterminación, que está estrechamente vinculado con el federalismo), ya que es considerado por unos (Pedro Cerezo) como el mecanismo más adecuado para recoger las demandas de reconocimiento del autogobierno de las minorías, mientras que otros (W. Kymlicka) son críticos con él por considerarlo poco flexible para las necesidades de estas minorías.
Al igual que Taylor y otros filósofos concretan todas estas temáticas en una realidad política como la de Québec (Canadá), en este trabajo se hará un leve acercamiento al caso español. Considero que, de esta forma, se puede ayudar a hacer más próxima la filosofía a personas de la más variada tipología. Así, tal vez, no se vea como algo lejano, y se fomente un diálogo en el que se refleje de forma más directa su relación con la actualidad socio-política. 
 
                                                       Foto de C. Alberto
 
A lo largo de este trabajo se ha visto que un aspecto importante de la realidad socio-política como es la preocupación por la identidad cultural, étnica y nacional, tiene su reflejo en el ámbito del pensamiento. Como suele ser habitual, se dan distintos tipos de posicionamiento entre los que se incluye la apología del reconocimiento cultural, étnico y nacional. Ante estas posturas reduccionistas, considero prioritaria la defensa de los derechos individuales para evitar, en la medida de lo posible, cualquier tipo de coacción personal. Esto no implica negar el derecho de autogobierno de las minorías, pero creo que es necesario delimitar este derecho para evitar esas coacciones, discriminaciones y el auge de extremismos.
            Por otra parte, conviene destacar algunas conclusiones que se han extraído en los apartados del trabajo. En primer lugar, considero que hay cuestiones tan importantes o más, que la demanda de reconocimiento de las minorías culturales, étnicas, nacionales, o de los grupos sociales. Así, se puede recordar que la realización plena de los derechos de primera generación no está conseguida aún ni en los países con más tradición democrática, o que un desarrollo adecuado de los derechos de segunda generación tampoco se ha dado en la mayoría de los países. Esto no quiere decir que el tema del reconocimiento sea un tema menor, pero de ahí a considerarlo vital, como hace Taylor, media un trecho, y más cuando hay posibilidades legales de conseguirlo (por ejemplo, en España) en un grado que no es meramente testimonial.
El tema del reconocimiento nos lleva al de la identidad ya que es ésta la que se pretende que sea reconocida. Pero el concebirla de una forma esencialista, es decir, de forma fija, permanente y pura, no sólo es un error peligroso o conflictivo sino que es algo artificioso y alejado de la realidad. Además, la preocupación excesiva por la identidad no hace sino manifestar una identidad débil, porque, por una parte, si la identidad estuviera clara, lo demás, es decir, el reconocimiento, podría venir por añadidura, y, por otra parte, la concepción de identidad que se tenga no debe depender tanto de lo que piensen o de lo que reconozcan los demás.
            En cuanto a Kymlicka, creo que no logra desarrollar de modo coherente un multiculturalismo liberal. Su diferencia con los comunitaristas consiste básicamente en considerar la comunidad en un sentido más amplio (comunidad nacional), aunque hay comunitaristas como Taylor que ya lo hacen así. No obstante, sigue considerando a esta comunidad como algo fundamental que debe ser especialmente protegido, incluso con protecciones externas que pueden llegar a confundirse con las restricciones internas, es decir, que pueden tener implicaciones para la libertad de los miembros de la comunidad nacional. Además es partidario de abstenerse ante cualquier intervención que obligue a sociedades “iliberales” a respetar los derechos básicos. Por estas razones y por otras que se vieron anteriormente, considero incorrecto calificar como liberal al multiculturalismo de Kymlicka. Y, por otra parte, conviene dejar claro frente a la opinión de Kymlicka, que los nacionalismos o los movimientos nacionales basados en la lengua pueden ser tan nocivos como los basados en ficticios rasgos étnicos o raciales, ya que parten de la premisa de que la lengua pertenece al territorio (concebido como algo que pertenece de forma indubitable, objetiva y casi sagrada a una determinada nación) y no a los ciudadanos. Así, mientras siempre demandan pluralidad a nivel nacional, son poco receptivos a las demandas de pluralidad interna.
Por todas estas razones considero que conviene salvaguardar el papel del Estado (por ejemplo, a través de la delimitación de una serie de competencias propias del Estado), mientras tenga carácter democrático, y no reducirlo a un mero juego de negociación política con los representantes de las minorías si se quiere garantizar una igualdad de trato a todos los ciudadanos y un fluido intercambio cultural. De ahí, mis reservas ante el federalismo asimétrico o ante la apología de la identidad cultural, étnica o nacional.