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martes, 8 de julio de 2014

A puerta fría.

Llamé a aquella puerta y me abrió un hombre sudoroso que nada más saber que yo vendía seguros me dio el portazo más brutal que jamás he recibido. Estuvo a punto de romperse el hilo que me unía a la aseguradora, pero en un alarde de sinceridad conmigo mismo cogí la vieja escoba que tenemos todos los agentes de seguros y barrí uno por uno todos los pedazos de frustración y tristeza y decidí seguir adelante. 
Se coló un rayo de sol por la rendija del portón que me abrió aquella ancianita de pelo blanco y aire dispuesto y dicharachero.
-    -¡Qué vende seguros! Pase, quiero que vea unas cosas. Mi marido y yo vivimos de alquiler, pero los muebles son nuestros, no valen mucho pero quiero asegurarlos. Fíjese lo que pasó con mi prima Paquita, lo perdió todo en un incendio, todavía tenía un brasero de butano y… ¿Sabe usted? Un desastre.
-    -Mire, haremos un seguro de hogar sólo de contenido y le quedará cubierto todo lo que tiene dentro de la casa, no le costará mucho y sobre todo se quedará tranquila. 
Salí pensando que esta profesión es así y que había que seguir picando puertas.

sábado, 10 de mayo de 2014

SOS: Una iglesia albaicinera.

Foto de Antonio Gámez Grande

Es innegable que tenemos que defender nuestra vida, nuestra familia y nuestra casa, nadie cuestionaría algo así, se da por hecho. Hay otro legado que existe en el ámbito local, que compartimos en un mismo territorio y que está representado por monumentos, yacimientos arqueológicos, lugares históricos, etc., y constituye el patrimonio cultural. Sin embargo, no somos plenamente conscientes de la importancia de salvaguardar el legado cultural que hemos recibido, conservar la herencia trasmitida y reparar los daños que el tiempo y la mano del hombre han hecho en ésta. Y salvaguardar y defender el patrimonio cultural es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros, máxime en una época de crisis como la que vivimos en la que las Administraciones Públicas hacen recortes severos en políticas culturales en general, y de conservación y restauración en particular. Debemos tomar conciencia individual y social de la importancia que tienen los pequeños gestos en aras de la defensa del patrimonio, para así crear una conciencia colectiva que vaya calando en cada uno de nosotros y nos haga sentir el patrimonio como algo nuestro, como algo de todos.
La iglesia de San Luis se construyó sobre el solar que ocupó la Aljama al-Safa, en 1526, y fue destruida por un incendio el 9 de diciembre de 1933. Su fachada, flanqueada por la torre de ladrillo, presentaba arco apuntado con hornacina encima, ocupada por la estatua en piedra de San Luis. Su interior era de dimensiones reducidas y constaba de una sola nave con cuatro capillas en cada lado, abiertas en el s. XIX. Nave y capilla mayor se cubrían con interesantes alfarjes, de los que no ha quedado resto alguno, como tampoco de sus cuadros y esculturas. La más interesante de éstas era la del Cristo de la Luz, que la tradición refiere que se descubrió al hacer los cimientos de la Sacristía, en el fondo de una mina, de la que, al ser golpeada por los albañiles, salió una voz que decía: “Cavad y encontraréis la luz”, hallándose entonces un crucifijo resplandeciente, alumbrado por una lámpara maravillosa al que, desde entonces, se rindió fervoroso culto, constituyéndose para ello una Hermandad que, en 1733, construyó la capilla a él dedicada.
Ochenta años han pasado desde que se destruyó la iglesia de San Luis, y hoy presenta el mismo estado lamentable de entonces. Otras iglesias se destruyeron por completo en aquellos años, otras a día de hoy, con muchos esfuerzos y sin ayudas oficiales están llevando a cabo obras de restauración, así la iglesia de S. Nicolás y la de S. Miguel Bajo. La iglesia de San Luis sigue sola y huérfana en el bello Albaicín alto, para vergüenza de todos y en especial de los que dicen que aman y protegen la cultura de Granada. Las razones por las que no se ha acometido su restauración no las sé, pero lo que sí sé es que no ha habido voluntad de restaurarla hasta ahora. Y esos muros del siglo XVI poco a poco se desmoronarán sin remedio, si no se impide antes.
He paseado muchas veces por allí y siempre me he dicho que algo tenía que hacer para dar a conocer el estado de ruina que presenta la iglesia de S. Luis, en un barrio que es Patrimonio de la Humanidad, no lo olvidemos. A mi alcance tengo mi ordenador, internet, mi blog cultural y las redes sociales. Con la conjunción de estas herramientas creé hace dos años una página en Facebook donde voy publicando periódicamente todos aquellos documentos e imágenes que descubro, así como todos los que me envían sus seguidores. Y me doy cuenta de la importancia que tuvo esta iglesia en el pasado, de la inspiración artística que supuso para pintores, incluso estando en ruinas, y de la tristeza que supone ver el estado en que se encuentra. Hice también una petición de firmas en la plataforma change.org y ahora escribo este artículo para mi blog. Si consigo, al menos, que se conozca el estado en que se encuentra la iglesia, si logro que la iglesia de San Luis le importe a una sola persona y crearle esa conciencia de salvaguarda del patrimonio, este artículo habrá cumplido su fin.




Fotos de Flavio Sevilla


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lunes, 14 de abril de 2014

Virgilio Vieitez.

“En el ámbito en que viví, me dediqué a recoger imágenes de cuanto me rodeaba. Por lo tanto, mi trabajo es un trabajo auténtico, muy seleccionado y de imágenes puras, sin trucos.”
Virgilio Vieitez.



Virgilio Vieitez era una persona seria, introvertida, taciturna, llevaba la dureza del clima de su Galicia natal en el rostro, y la profundidad de los años vividos en su mirada. Trabajó de mecánico y en la construcción antes de dedicarse a la fotografía donde, como tantos otros, hizo fotos para el carné de identidad, retrató bodas, comuniones, y allá dónde se requería su presencia, se desplazaba para dejar constancia gráfica de grupos de compañeros en el trabajo, celebraciones familiares, velatorios que servían muchas veces para resolver cuestiones de herencias. Sin querer, sin pretenderlo, su intuición y sensibilidad lo convirtieron en un artista y no sólo en un buen profesional. Retrató toda una época de aquella España rural, de niños vestidos de domingo, muchachas con faldas de vuelo y medalla sobre la blusa. Fue un fedatario de un tiempo y un espacio, de gentes y costumbres de su tierra, con una mirada apasionada, lúcida y vibrante. En su fotografía el ser humano es el eje central, la sencillez de la persona, sin adornos, tal y como era. Su personalidad la traspasó a su obra, cada foto es un alarde de honda austeridad, de rostros profundamente expresivos, captó la tristeza de un niño,  el orgullo de una madre, la soledad de un chiquillo o la alegría de unas mujeres tras una dura jornada de siega. Excelente retratista, hizo de la naturaleza el mejor decorado, transitamos por caminos de tierra, a veces embarrados, esos mismos por los que Virgilio tantas veces pasó, vemos en la lejanía árboles desnudos de hojas, esperando pacientes el final del invierno, mientras en primer plano siempre con una pose muy digna vemos al amigo, al vecino. En aquel tiempo de necesidad, supo documentar la falta de los más elementales servicios de aquella forma de vida campesina con el regreso de los emigrantes que hicieron las Américas, trayendo los lujosos “haigas” en contraposición con el único lujo de poseer una cabra, un juguete para el niño o una moto dónde se monta toda la familia. Viendo las fotos de Virgilio Vieitez te invade un sentimiento de nostalgia, de tiempo perdido, de humildad, de relaciones humanas puras, generosas. Un tiempo lejano que forma parte de la memoria colectiva.


Fotos de Virgilio Vieitez
















domingo, 12 de enero de 2014

Nubes y claros.


Texto y foto de Flavio Sevilla
Cada mediodía caminaba despacio hasta la plaza de abastos y se sentaba en un cajón de madera. Las voces del mercado se confundían con la suya. “Te aseguro un trocito de Cielo” repetía de viva voz como una letanía invariable. En sus manos tenía un ramillete de papelitos a modo de pólizas con la siguiente leyenda: “Por una peseta te aseguro tu felicidad más allá de la nube más alta”. No hacía caso a las risas y burlas de los vecinos del pueblo que le miraban con desprecio. “Es un pobre inocente, su familia lo ha dejado por imposible. Aquella víbora le vacío los bolsillos y le rompió el corazón. En su cabeza nada ha vuelto a ser igual. Asegurarnos el Cielo por una peseta. ¡Qué pamplina!” Sólo la vieja boticaria consideró un acierto comprar el seguro. Confiaba en la bondad del negocio y creía a pie juntillas que aquel trozo de Cielo le llevaría a una vida mejor al lado de su esposo al que tanto añoraba. Con su papelito en la mano sintió que aquel muchacho había cubierto un vacío, le dio un beso y susurrando le dijo al oído: Hijo, no hay dinero para pagarte.