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miércoles, 30 de diciembre de 2015

El Sr. Lobo.


El suave aullido me asustó nuevamente. ¡Otra vez no, pensé inquieto! Salí de casa para afianzar la puerta con gruesos troncos de madera y no pude evitar una mirada de reojo a las casas de mis hermanos, de las que no quedaba ni brizna de paja, la de uno, ni madera, la del otro. Jugaban despreocupados en el bosque, dando un fuerte silbido les llamé con todas mis fuerzas y juntos entramos en mi casa de ladrillos. Apurando la poca cobertura del móvil llamé a la compañía de seguros para comunicar los daños causados por el lobo fiero.
-Tranquilo, tomamos nota del siniestro, en breve nos pondremos en contacto con usted.
Temerosos nos sentamos al calor de la chimenea y, de pronto, con gran estruendo como si de Papá Noel se tratara apareció un hombre sacudiéndose los restos del puchero del traje y la cartera. Recompuso el gesto y con la mejor y la más sincera de sus sonrisas se dirigió a nosotros.
-Buenos días, disculpen que haya entrado por la chimenea pero es que estaba la puerta bloqueada. Soy el Sr. Lobo, el perito del seguro. ¿Ustedes son, son…?
-Los tres cerditos, respondimos al unísono.



domingo, 12 de julio de 2015

Mares lejanos.


Cada noche al ir a acostar a mi hijo sacaba del viejo baúl de encina el mosquetón y la careta de pirata, consciente de que si no lo hacía me esperaba un rato de lamentos y riñas cariñosas. Con tan atrevido atuendo le conté entusiasmado que me había enrolado en un barco bucanero sediento de aventura, y dispuesto a encontrar todos los tesoros que el viejo y malvado Morgan escondiera hace años en la Isla del caimán amarillo.
-¿Papá, papá, y le hiciste un seguro al barco?
-¡Claro! ¿Tú sabes los riesgos que corre un barco de ese tipo? El viento huracanado puede romper las velas, la punta de un iceberg destrozar la proa, los cañones de barcos enemigos abrir fuego y provocar un incendio. La prevención en alta mar es fundamental.

La fusión entre el relato y la ilusión de mi pequeño, me provocaron una nueva mirada hacia el mundo asegurador al que llevo unido tantos años, saber la enorme importancia de resguardar bienes y garantizar la alegría y la sonrisa de quienes un día también zarparán rumbo a mares lejanos.


Finalista en la IX convocatoria del Concurso de Microrrelatos de la Red Cumes. Fundación MAPFRE.

martes, 21 de abril de 2015

El Ángel Caído.

La noche se rompió en diminutas gotas de claridad, abrí los ojos con la luz aún tibia, me arrullaba una brisa tenue y caían en deliciosos bucles las hojas del guayacán sembrando de amarillo la tierra bendita de Mangahurco. Los rayos de sol abrasaban en Guizeh, la tolvanera silbaba secretos escondidos que nunca revelé. En Dresden vi extraños pájaros de fuego escupiendo sin piedad y nada hice. Lejos, una muchacha de piel muy blanca amamantaba a su hijo y elevamos sueños de prosperidad. Al séptimo día, con un suave batir de alas me posé en la rama púrpura de un abeto, y oculté mi cabeza para siempre. 




sábado, 7 de febrero de 2015

Calabuch.




La primera vez que vi esta película de Berlanga era un niño y desde entonces siempre me ha atraído la figura de Jorge Hamilton, físico nuclear que recala en un pueblo costero dejando atrás un pasado de servicio a la industria militar norteamericana. No sabemos las razones de ese radical cambio de vida, sí conocemos que ahora tiene el aspecto de un anciano bonachón, ingenuo, algo torpe de movimientos y que se convierte en elemento principal de esta cinta berlanguiana.
Quiero atreverme a creer que a pesar de no querer levantar sospechas sobre quién es realmente, el motivo que le lleva a actuar y a comportarse como uno más, es su enorme sencillez y humanidad. La escena que tengo grabada desde mi infancia es la del profesor barriendo la escuela del pueblo para ganarse unas monedas, con una enorme dignidad e incluso alegría. La maestra incluso le propone darle clases creyendo que era analfabeto, y el profesor asiente y sonríe. Quizás, inconscientemente, esa sencillez, junto a la que he vivido en el seno de mi propia familia, se haya convertido en mi propio modo de vida. Es muy importante el no ir de nada, no aparentar, no vanagloriarse, no jactarse; mantener la misma sencillez que tiene un niño.
La película es de 1956 y se rodó en Peñíscola (Castellón), en plena Guerra Fría, no es de extrañar que Berlanga contraponga el pacifismo que insufla “Calabuch” a la tensa situación internacional y a la dictadura que imperaba en España por entonces. Las escenas del profesor con “El Langosta” entrando y saliendo del calabozo del cuartel son de una genialidad típica de Berlanga, un calabozo con la cerradura rota, que se convertía en una habitación más del cuartel y donde la hija del personaje de la autoridad militar que interpreta Juan Calvo, lleva el desayuno a los “detenidos”.
Uno de los grandes logros de esta película es la importancia de todos los actores, convirtiéndola en coral. El cura, el farero encarnado por el inolvidable José Isbert, el torero al que da vida José Luis Ozores, y que a pie de playa no hace más que profundizar la relación de ternura con el toro, la maestra enamorada en secreto de “El Langosta”.
Jorge Hamilton en ese pueblo se encuentra muy a gusto, rodeado de gente buena, de amigos que lo aprecian, y que no dudan un instante en salir a defenderle juntando los escudos y lanzas de romanos de las procesiones de Semana Santa, cuando la Sexta Flota viene a llevárselo.
Es una obra maestra, no hay duda. En un pueblecito normal con gentes entrañables, llega un personaje de otro mundo muy distinto donde la solidaridad es sólo un sustantivo, la paz algo del pasado, la amistad una ilusión y la honradez un valor por descubrir.






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domingo, 25 de enero de 2015

Enrique Padial.

Alguna vez lo vi por televisión hablando de lo divino y de lo humano, sin pelos en la lengua, por lo claro. Sus palabras transmitían una sencillez muy cercana y al mismo tiempo una profundidad de la que pocos pueden hacer uso. Sus expresiones eran barrocas, ampulosas a veces. Su figura asemejaba a la de un viejo hidalgo del Siglo de Oro, vestido de negro, capa y bastón; un viejo hidalgo en pleno siglo XXI. No es de extrañar que su voz se elevara clamando valores que ya no cotizan, destilando una humanidad finísima, denunciando injusticias y desigualdades de la sociedad en la que vivimos. Su mirada era una mezcla de dolor e ilusión, ilusión de un niño en los ojos de un anciano. 
Recuerdo perfectamente que la primera vez que fui a su exposición retrospectiva “Enrique Padial: 50 años de pintura”, iba con dos amigos. Les hablé brevemente del autor y les dije que les iba a gustar su pintura. Empezamos a ver los cuadros, que pasaban del variado colorido de bodegones y jardines, estanques, ramos de flores, hermosísimas pinturas plenas de emoción y ensoñación, a otras donde el sufrimiento, lo oscuro, personajes marginales, barroquismo, y en muchas ocasiones la cruel condición humana estaban muy presentes. Las reseñas que acompañaban a los cuadros no se quedaban atrás, eran unos textos muy ricos, de una gran claridad de ideas. De repente, veo entre el público asistente a la exposición la figura nerviosa de Enrique Padial, comprobando que todo estuviera en orden, cuidando los detalles. Comenté a mis acompañantes que aquel hombre era el pintor de todos los cuadros y rápidamente me animaron a que me presentara. Venciendo mi natural timidez, me acerqué a su espalda y le dije: 
-           -   D. Enrique… 
Rápidamente se giró sonriéndome. 
-            -  Me ha gustado mucho la exposición, nos ha gustado mucho a los tres. 
Nos presentamos, nos dimos la mano y empezamos a hablar de pintura. A pesar de que no nos conocíamos de nada, la cercanía que transmitía, la alegría incluso, hizo que estuviéramos un largo rato charlando. Recuerdo que su mujer estaba un poco más alejada pero nos miraba con curiosidad, quizás pensando que en el Arte no hay saltos generacionales, sólo emociones, y esas no tienen edad. Nos habló de “El mananas”, personaje pintoresco que iba con muchas medallas colgadas en la chaqueta. De cómo le impresionó las imágenes de la guerra en los Balcanes, ver a una madre ante una fosa común llena de esqueletos, diciendo que uno de ellos era su hijo. Lo reflejó en un cuadro desgarrador, una mujer sosteniendo en su mano una calavera y rota de dolor. Hablando con él, se confirmó mi teoría de que las grandes personas son siempre las más sencillas. 
A esta primera visita le siguieron tres más, he ido a muchas exposiciones y ésta es la única a la que he ido cuatro veces, y en todas estaba Enrique Padial saludando y conversando con los asistentes. Una vez fui solo, otra me acompañó mi hermana Silvia que también saludó al autor y le dijo que le había encantado su pintura, y la última fui con mi madre que también tenía mucho interés en ver su obra. 

Una vez que ha pasado el tiempo, aún recuerdo mi encuentro con Enrique Padial, para mí el estrechar su mano y hablar con él fue una gran satisfacción, y si algo siento es no haber escrito este artículo antes, para que con un poco de suerte lo hubiera podido leer el propio Enrique Padial. 

Enrique Padial











sábado, 3 de enero de 2015

Amistad.

A la décima llamada de teléfono ya no pude más y me presenté directamente en su casa. Algo extraño noté en su mirada, perdida, sin brillo, muy lejana. La única iluminación era la llama de una vela de vainilla sobre un pequeño velador. Comprendí enseguida que su mente se había cuarteado como una piel sin humedad, proyectando miles de formas y colores recurrentes como las  que observaba embelesado en mi viejo caleidoscopio infantil. Me asustó lo pálido de su tez, el temblor de sus manos, pero no quise llamar al médico ni a Ernestina, su única familia. Tras una rápida ojeada al botiquín, comprobé como estaban aún en la bolsa de la farmacia todas las medicinas que le recetó D. Cesáreo, aquel viejo gruñón amigo de la infancia. Le cogí las manos y empecé a hablarle de nuestros domingos de pesca en el río Arnego, de las noches de baile “agarrao” en el casino, y de los potajes de berros que nos guisaba su abuela Manuela. Algo más tranquilo comenzó a sonreírme tímidamente, esa pequeña legión de recuerdos alivió en parte la zozobra que le aquejaba. Siempre creyó en el poder balsámico de la palabra y en la amistad verdadera.