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domingo, 25 de enero de 2015

Enrique Padial.

Alguna vez lo vi por televisión hablando de lo divino y de lo humano, sin pelos en la lengua, por lo claro. Sus palabras transmitían una sencillez muy cercana y al mismo tiempo una profundidad de la que pocos pueden hacer uso. Sus expresiones eran barrocas, ampulosas a veces. Su figura asemejaba a la de un viejo hidalgo del Siglo de Oro, vestido de negro, capa y bastón; un viejo hidalgo en pleno siglo XXI. No es de extrañar que su voz se elevara clamando valores que ya no cotizan, destilando una humanidad finísima, denunciando injusticias y desigualdades de la sociedad en la que vivimos. Su mirada era una mezcla de dolor e ilusión, ilusión de un niño en los ojos de un anciano. 
Recuerdo perfectamente que la primera vez que fui a su exposición retrospectiva “Enrique Padial: 50 años de pintura”, iba con dos amigos. Les hablé brevemente del autor y les dije que les iba a gustar su pintura. Empezamos a ver los cuadros, que pasaban del variado colorido de bodegones y jardines, estanques, ramos de flores, hermosísimas pinturas plenas de emoción y ensoñación, a otras donde el sufrimiento, lo oscuro, personajes marginales, barroquismo, y en muchas ocasiones la cruel condición humana estaban muy presentes. Las reseñas que acompañaban a los cuadros no se quedaban atrás, eran unos textos muy ricos, de una gran claridad de ideas. De repente, veo entre el público asistente a la exposición la figura nerviosa de Enrique Padial, comprobando que todo estuviera en orden, cuidando los detalles. Comenté a mis acompañantes que aquel hombre era el pintor de todos los cuadros y rápidamente me animaron a que me presentara. Venciendo mi natural timidez, me acerqué a su espalda y le dije: 
-           -   D. Enrique… 
Rápidamente se giró sonriéndome. 
-            -  Me ha gustado mucho la exposición, nos ha gustado mucho a los tres. 
Nos presentamos, nos dimos la mano y empezamos a hablar de pintura. A pesar de que no nos conocíamos de nada, la cercanía que transmitía, la alegría incluso, hizo que estuviéramos un largo rato charlando. Recuerdo que su mujer estaba un poco más alejada pero nos miraba con curiosidad, quizás pensando que en el Arte no hay saltos generacionales, sólo emociones, y esas no tienen edad. Nos habló de “El mananas”, personaje pintoresco que iba con muchas medallas colgadas en la chaqueta. De cómo le impresionó las imágenes de la guerra en los Balcanes, ver a una madre ante una fosa común llena de esqueletos, diciendo que uno de ellos era su hijo. Lo reflejó en un cuadro desgarrador, una mujer sosteniendo en su mano una calavera y rota de dolor. Hablando con él, se confirmó mi teoría de que las grandes personas son siempre las más sencillas. 
A esta primera visita le siguieron tres más, he ido a muchas exposiciones y ésta es la única a la que he ido cuatro veces, y en todas estaba Enrique Padial saludando y conversando con los asistentes. Una vez fui solo, otra me acompañó mi hermana Silvia que también saludó al autor y le dijo que le había encantado su pintura, y la última fui con mi madre que también tenía mucho interés en ver su obra. 

Una vez que ha pasado el tiempo, aún recuerdo mi encuentro con Enrique Padial, para mí el estrechar su mano y hablar con él fue una gran satisfacción, y si algo siento es no haber escrito este artículo antes, para que con un poco de suerte lo hubiera podido leer el propio Enrique Padial. 

Enrique Padial











sábado, 3 de enero de 2015

Amistad.

A la décima llamada de teléfono ya no pude más y me presenté directamente en su casa. Algo extraño noté en su mirada, perdida, sin brillo, muy lejana. La única iluminación era la llama de una vela de vainilla sobre un pequeño velador. Comprendí enseguida que su mente se había cuarteado como una piel sin humedad, proyectando miles de formas y colores recurrentes como las  que observaba embelesado en mi viejo caleidoscopio infantil. Me asustó lo pálido de su tez, el temblor de sus manos, pero no quise llamar al médico ni a Ernestina, su única familia. Tras una rápida ojeada al botiquín, comprobé como estaban aún en la bolsa de la farmacia todas las medicinas que le recetó D. Cesáreo, aquel viejo gruñón amigo de la infancia. Le cogí las manos y empecé a hablarle de nuestros domingos de pesca en el río Arnego, de las noches de baile “agarrao” en el casino, y de los potajes de berros que nos guisaba su abuela Manuela. Algo más tranquilo comenzó a sonreírme tímidamente, esa pequeña legión de recuerdos alivió en parte la zozobra que le aquejaba. Siempre creyó en el poder balsámico de la palabra y en la amistad verdadera.