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sábado, 7 de febrero de 2015

Calabuch.




La primera vez que vi esta película de Berlanga era un niño y desde entonces siempre me ha atraído la figura de Jorge Hamilton, físico nuclear que recala en un pueblo costero dejando atrás un pasado de servicio a la industria militar norteamericana. No sabemos las razones de ese radical cambio de vida, sí conocemos que ahora tiene el aspecto de un anciano bonachón, ingenuo, algo torpe de movimientos y que se convierte en elemento principal de esta cinta berlanguiana.
Quiero atreverme a creer que a pesar de no querer levantar sospechas sobre quién es realmente, el motivo que le lleva a actuar y a comportarse como uno más, es su enorme sencillez y humanidad. La escena que tengo grabada desde mi infancia es la del profesor barriendo la escuela del pueblo para ganarse unas monedas, con una enorme dignidad e incluso alegría. La maestra incluso le propone darle clases creyendo que era analfabeto, y el profesor asiente y sonríe. Quizás, inconscientemente, esa sencillez, junto a la que he vivido en el seno de mi propia familia, se haya convertido en mi propio modo de vida. Es muy importante el no ir de nada, no aparentar, no vanagloriarse, no jactarse; mantener la misma sencillez que tiene un niño.
La película es de 1956 y se rodó en Peñíscola (Castellón), en plena Guerra Fría, no es de extrañar que Berlanga contraponga el pacifismo que insufla “Calabuch” a la tensa situación internacional y a la dictadura que imperaba en España por entonces. Las escenas del profesor con “El Langosta” entrando y saliendo del calabozo del cuartel son de una genialidad típica de Berlanga, un calabozo con la cerradura rota, que se convertía en una habitación más del cuartel y donde la hija del personaje de la autoridad militar que interpreta Juan Calvo, lleva el desayuno a los “detenidos”.
Uno de los grandes logros de esta película es la importancia de todos los actores, convirtiéndola en coral. El cura, el farero encarnado por el inolvidable José Isbert, el torero al que da vida José Luis Ozores, y que a pie de playa no hace más que profundizar la relación de ternura con el toro, la maestra enamorada en secreto de “El Langosta”.
Jorge Hamilton en ese pueblo se encuentra muy a gusto, rodeado de gente buena, de amigos que lo aprecian, y que no dudan un instante en salir a defenderle juntando los escudos y lanzas de romanos de las procesiones de Semana Santa, cuando la Sexta Flota viene a llevárselo.
Es una obra maestra, no hay duda. En un pueblecito normal con gentes entrañables, llega un personaje de otro mundo muy distinto donde la solidaridad es sólo un sustantivo, la paz algo del pasado, la amistad una ilusión y la honradez un valor por descubrir.






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