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martes, 21 de abril de 2015

El Ángel Caído.

La noche se rompió en diminutas gotas de claridad, abrí los ojos con la luz aún tibia, me arrullaba una brisa tenue y caían en deliciosos bucles las hojas del guayacán sembrando de amarillo la tierra bendita de Mangahurco. Los rayos de sol abrasaban en Guizeh, la tolvanera silbaba secretos escondidos que nunca revelé. En Dresden vi extraños pájaros de fuego escupiendo sin piedad y nada hice. Lejos, una muchacha de piel muy blanca amamantaba a su hijo y elevamos sueños de prosperidad. Al séptimo día, con un suave batir de alas me posé en la rama púrpura de un abeto, y oculté mi cabeza para siempre.