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miércoles, 30 de diciembre de 2015

El Sr. Lobo.


El suave aullido me asustó nuevamente. ¡Otra vez no, pensé inquieto! Salí de casa para afianzar la puerta con gruesos troncos de madera y no pude evitar una mirada de reojo a las casas de mis hermanos, de las que no quedaba ni brizna de paja, la de uno, ni madera, la del otro. Jugaban despreocupados en el bosque, dando un fuerte silbido les llamé con todas mis fuerzas y juntos entramos en mi casa de ladrillos. Apurando la poca cobertura del móvil llamé a la compañía de seguros para comunicar los daños causados por el lobo fiero.
-Tranquilo, tomamos nota del siniestro, en breve nos pondremos en contacto con usted.
Temerosos nos sentamos al calor de la chimenea y, de pronto, con gran estruendo como si de Papá Noel se tratara apareció un hombre sacudiéndose los restos del puchero del traje y la cartera. Recompuso el gesto y con la mejor y la más sincera de sus sonrisas se dirigió a nosotros.
-Buenos días, disculpen que haya entrado por la chimenea pero es que estaba la puerta bloqueada. Soy el Sr. Lobo, el perito del seguro. ¿Ustedes son, son…?
-Los tres cerditos, respondimos al unísono.