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viernes, 25 de noviembre de 2016

Tierra de Hombres.

Despuntaba el alba cuando padre ya estaba en las tierras del monasterio, en el hatillo llevaba un mendrugo de pan seco y un trozo de queso de cabra, calzaba unas alpargatas de esparto y vestía jubón de saco. Su expresión era grave, la misma que siempre he visto en todos los hombres de mi aldea, con las manos ajadas y agradecimiento en la mirada por ver clarear el nuevo día.
Yo, Sebastián, era un mozo de trece años aunque madre todavía me pelaba a tazón y me persignaba a diario con agua bendita. Aquella mañana calurosa de final del verano ya había limpiado el gallinero, cogí un cesto de huevos y un tarro de miel y me encaminé hacia donde estaba padre. Dejé atrás el horno, de reojo pude ver como las mujeres amasaban el pan, al llegar a la bodega excavada en la tierra pude avistar el relieve suave y redondeado de la Sierra de la Culebra, un manto infinito de pinos y brezos se extendía delante de mis ojos, a lo lejos se divisaban las siluetas majestuosas de las águilas con las alas extendidas. Me llegaba el olor a retama, tomillo y mejorana, de las crestas de la sierra bajaban penetrantes los aullidos de los lobos. Pasé al lado de un corral de ovejas, los muros y la techumbre de urces y zarzas le daban cobijo y protección.
Arrodillado oré por unos momentos al llegar al crucero que daba paso a las tierras del monasterio, delante de mí se extendían fanegas y fanegas de la mejor tierra de labranza, delimitada por cincones de piedra de la que eran vigía los dos campanarios de la torre de San Salvador.
-¡Sebastián, coge un puñado de higos, no derrames su leche que me la ha pedido el prior!
No entendía por qué teníamos que llevar al monasterio todo lo mejor de nuestra casa y gran parte de nuestros cultivos pero así lo hice. Padre araba a lo lejos la tierra que en otoño sembrará de trigo, casi fuera de mi vista pastaba el ganado. Cogí también un canasto de berenjenas, eran de color morado brillante, se sembraban todos los años desde que mi abuelo trajera sus semillas de tierra de moros.
Sobre el vano de entrada al monasterio había un crismón que siempre me asustaba al mirarlo, tenía unas letras entrelazadas y un hombre postrado bajo las garras de una fiera.
-Sebastián -me dijo el prior en tono displicente- Padre, Hijo y Espíritu Santo son un mismo y único Señor y hemos de venir suplicantes, desechando los placeres venenosos, limpiando el corazón de pecados para no morir de una segunda muerte. Corre, sube al escritorio y llévale la miel y los higos a fray Emeterio que los necesita para sus mezclas de colores.
Asustado por las palabras del prior corrí por las escaleras arriba mientras padre llevaba al refectorio todos los capachos que trajimos. Abrí la portezuela del escritorio y vi a fray Emeterio y a la monja Eude pintando con exquisito primor la miniatura de un ángel trompetero sobre un pergamino, los colores eran muy alegres, amarillo, verde y rojo, todo el conjunto desprendía una cálida luminosidad.
-Sebastián, recojamos la leche de los higos en este cuenco, me servirá después para aglutinar los colores y seguir trabajando en el códice.
Mientras le ayudaba pensé que padre me estaría esperando en el claustro para volver a casa. Todo me parecía misterioso en el monasterio, bajé rápido por las escaleras, padre aguardaba paciente mi llegada.
-Vámonos Sebastián, madre ya tendrá hirviendo el potaje. ¿Tienes hambre?
-¡Sí padre, mucha!
Beato de Tábara. La Tercera Trompeta.

La Torre de S. Salvador de Tábara.