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lunes, 12 de junio de 2017

Fuerte marejada.

Salí, como cada mañana, olisqueando el rocío sobre las hojas de los tréboles, trataba en vano de encontrar alguna raspa de sardina que llevarme a la panza. Comenzó a chispear y unas minúsculas gotitas de agua se adhirieron al pelo negrísimo de mi lomo. En el horizonte fácilmente distinguía nubarrones gigantes que amenazaban tormenta, los bigotes se me erizaban nada más verlos. Pensé que había que apresurarse para buscar cobijo, olvidando por hoy mi andar parsimonioso y elegante. La lluvia se hizo presente, al principio tímida y reservada, después desvergonzada y descarada. Mis ojos verdes brillantes se abrieron a una sinfonía de centellas y truenos, el barro me cubría las pezuñas y de nada servían mis maullidos desesperados. El campo ya era lago, me agarré a un tronco de espino encomendándome a la Divina Providencia. Estaba rodeado de cervatillos y ardillas, conejos y liebres, gallos, gorriones, y de un sinfín de animales que a duras penas nadaban mientras a lo lejos un viejo barbudo, apoyado en la escotilla de una descomunal embarcación de madera de ciprés, los iba rescatando mientras decía con una gran sonrisa de satisfacción:
- Soy Noé, bienvenidos al Arca. 

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